Pensamiento

Análisis Electoral Internacional · Junio 2026

Colombia y el síndrome del péndulo: la nueva derecha latinoamericana y la ruta que México no puede ignorar

El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia confirma un patrón continental que México no puede ignorar de cara a 2027. Análisis estratégico de Job Antonio Meneses Eternod sobre el voto de castigo, la seguridad como eje y la arquitectura que la oposición mexicana aún no construye.

Colombia y el síndrome del péndulo: la nueva derecha latinoamericana y la ruta que México no puede ignorar

Por Job Antonio Meneses Eternod — Consultor Político Senior Nacional e Internacional · Director General de EME Gabinete Estratégico · Morelia, Michoacán, México · 22 de junio de 2026

El 21 de junio de 2026, Colombia cerró su ciclo electoral con un resultado que el continente esperaba, temía o celebraba según la orilla desde la que se mirara: Abelardo de la Espriella, abogado barranquillero de 47 años, outsider del establecimiento y fundador del movimiento Defensores de la Patria, derrotó al senador izquierdista Iván Cepeda por un margen de apenas 0.96 puntos porcentuales —12.959.515 votos contra 12.708.695— y se convertirá en el nuevo presidente de Colombia el próximo 7 de agosto, sucediendo a Gustavo Petro. La diferencia fue quirúrgica. Pero el mensaje fue contundente.

Colombia no fue la excepción a la tendencia. Colombia fue la confirmación. Y en ese giro, la séptima pieza de un rompecabezas continental que comenzó a armarse hace cinco años, está inscrita una señal de inteligencia política que México no puede ignorar de cara a su propio ciclo electoral de 2027. Este artículo es una lectura estratégica, no una celebración ni una lamentación. Es, en términos del oficio del Coronel, un reconocimiento del terreno antes de moverse.

I. El campo de batalla: qué pasó realmente en Colombia. El resultado de Colombia tiene capas. La primera y más visible es el triunfo de una figura outsider que desplazó tanto al uribismo tradicional —Paloma Valencia no pasó a la segunda vuelta— como al centro político, que se disolvió sin dejar huella. El petrismo llegó a las urnas con el desgaste natural de cuatro años de gobierno marcados por la polarización, la reforma laboral inconclusa y una propuesta de Asamblea Constituyente que el electorado percibió como amenaza institucional, no como oportunidad democrática.

De la Espriella obtuvo en primera vuelta el 43.74% de los votos —más de 10 millones— frente al 40.9% de Cepeda, quien era señalado por las encuestas como favorito apenas semanas antes. En la segunda vuelta, el margen se redujo a lo mínimo, pero la dirección se mantuvo: la Colombia productiva, empresarial, del Caribe y de las ciudades intermedias votó por un candidato que prometía estabilidad económica, seguridad y un Estado más austero. La Colombia popular, periférica y sindical, votó por Cepeda. La Colombia del miedo —el miedo al chavismo, el miedo a la continuidad del petrismo— inclinó la balanza.

Debe señalarse con rigor analítico que de la Espriella no es Bolsonaro, no es Milei, no es Kast en versión tropical. Es un abogado pragmático con triple nacionalidad —colombiana, estadounidense e italiana— que habla el idioma de los negocios y de Washington simultáneamente. Su victoria no es el triunfo de la ultraderecha ideológica: es el triunfo de la derecha funcional, la que promete gestión antes que revolución. Esa distinción importa enormemente para leer el fenómeno continental.

II. El mapa que se redibuja: siete piezas y un péndulo. Colombia se convierte en el séptimo eslabón de una cadena que, en el lapso de cinco años, ha rediseñado el mapa político de América del Sur: Argentina (Milei, 2023), Ecuador (Noboa, reelecto 2025), Panamá (Mulino, 2024), Bolivia (Paz, 2025), Chile (Kast, 2025), Honduras (Asfura, 2025), y ahora Colombia (De la Espriella, 2026). A estos se suma el inamovible El Salvador de Bukele, que opera en una categoría propia —populismo de seguridad— pero que tributa a la narrativa regional de la mano dura y la eficiencia ejecutiva por encima del consenso institucional.

Analistas del Real Instituto Elcano identificaron cuatro tendencias predominantes que han configurado este ciclo: primero, el voto de castigo a los oficialismos independientemente de su signo ideológico, lo que explica que en algunos casos la derecha gane simplemente por ser oposición; segundo, la pérdida acelerada de relevancia del centro político, que ha quedado aplastado entre dos polos que se repelen y se alimentan mutuamente; tercero, la presencia del factor Trump como catalizador y legitimador del discurso conservador en la región; y cuarto, la triada económica que moviliza al electorado: bajo crecimiento, costo de vida elevado e inseguridad creciente.

Sin embargo, la tentación de leer esto como una ola ideológica homogénea es analíticamente tramposa. El politólogo Eduardo Ruiz, de Control Risks, advierte que el fenómeno no está impulsado por una conversión ideológica masiva de los votantes, sino por factores pragmáticos: hartazgo con décadas de gestión ineficiente, reacción conservadora a experimentos progresistas percibidos como fallidos y, en varios casos, simplemente el deseo de que alguien —quien sea— haga funcionar los servicios básicos y reduzca la violencia. El péndulo no tiene ideología: tiene impaciencia.

Juan Negri, director de la carrera de Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, ha señalado con perspectiva de largo plazo que estos gobiernos de derecha no han consolidado aún una dominación estructural: "No me sorprendería que muchos de estos oficialismos de derecha pierdan elecciones subsiguientes", señaló. Lo que observamos es volatilidad del voto disfrazada de tendencia. El electorado latinoamericano castiga, no convierte. Y el siguiente en ser castigado puede ser cualquiera.

III. Brasil: la prueba de fuego que decidirá si hay tendencia o espejismo. El análisis de la región sería incompleto sin el factor Brasil, que votará en octubre de 2026 y que, por su peso demográfico, económico y simbólico, tiene la capacidad de confirmar o contradecir la narrativa de la ola derechista con una sola elección.

El escenario brasileño es, como todo en Brasil, hipnótico en su complejidad. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva llegó a principios de año como favorito cómodo tras la condena de Jair Bolsonaro a 27 años de prisión por golpismo. Pero el desgaste del gobierno, los escándalos de corrupción en el Instituto de Seguridad Social y la irrupción del senador Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente— como candidato presidencial han transformado la ecuación. Las encuestas de abril mostraron un empate técnico inédito: 45% a 45% en balotaje según Datafolha, con Flávio superando a Lula por primera vez en la historia medida.

Sin embargo, la fotografía de mayo y junio ya muestra corrimiento: una encuesta de CNT/MDA publicada a mediados de junio de 2026 sitúa a Lula con 49.3% en un eventual balotaje frente al 36.8% de Bolsonaro, una distancia que se amplió significativamente respecto a mediciones anteriores. La reunión bilateral Lula-Trump en Washington, las medidas económicas para la clase media y el plan de seguridad pública dotado con 2,200 millones de dólares revirtieron temporalmente la tendencia. Brasil sigue abierto. Pero el solo hecho de que la derecha haya competido de igual a igual con Lula durante meses es, en sí mismo, una señal de época.

Si la derecha gana Brasil, la narrativa continental quedará blindada. Si gana Lula —escenario más probable a la fecha de este análisis—, los defensores del péndulo progresista reclamarán que los dos países más grandes de la región, México y Brasil, sostienen a la izquierda, y la correlación de fuerzas seguirá siendo objeto de disputa interpretativa durante años. En ambos casos, el factor Michoacán —y el factor México— queda expuesto en el tablero.

IV. Las variables invisibles que mueven el péndulo. La inteligencia electoral exige ir más allá de los titulares. ¿Qué produce realmente este desplazamiento del electorado latinoamericano hacia opciones de centroderecha o derecha moderada? Cinco variables explicativas, ordenadas por su peso empírico en los procesos recientes:

La primera es la percepción de inseguridad como emergencia civilizatoria. En Colombia, Chile, Ecuador y Costa Rica, la seguridad pública encabeza las encuestas de prioridades ciudadanas con márgenes abrumadores, superando incluso al desempleo y al costo de vida. El modelo Bukele —mano dura, resultados visibles, costos institucionales diferidos— ha sido adoptado retóricamente por candidatos de todo el espectro, pero quien lo enuncia con mayor credibilidad tiende a ser la derecha. Este es el dato más importante para entender la arquitectura discursiva que gana elecciones en 2025-2026.

La segunda variable es el agotamiento del discurso transformacional. Los grandes proyectos de refundación constitucional —Colombia con Petro, Chile con Boric— generaron expectativas que los sistemas institucionales no podían satisfacer en el corto plazo. El ciudadano latinoamericano aprendió a desconfiar de quien promete demasiado. El pragmatismo sobrio, incluso insulso, compite bien contra el idealismo desgastado.

La tercera es el efecto Trump como legitimador externo. No se trata solo de que Trump apoye candidatos: se trata de que su mera existencia en el poder normaliza discursos que antes eran marginales. El trumpismo ha desplazado el centro del debate ideológico hacia la derecha en toda la región, obligando a las izquierdas a defender posiciones que antes eran el punto de partida de cualquier consenso.

La cuarta variable es la desconfianza en las instituciones tradicionales, que abre el paso a candidatos outsider. De la Espriella en Colombia, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador: ninguno proviene de los aparatos partidarios convencionales. Todos capitalizaron el desprestigio del sistema para construir candidaturas sin lastre histórico. La antipolítica, paradójicamente, es la política más rentable del ciclo.

Y la quinta, la más sofisticada desde el punto de vista estratégico, es la fragmentación del voto opositor. En todos los procesos recientes donde ganó la derecha, el centro y la centroizquierda presentaron candidaturas divididas que diluyeron el potencial de articulación. La suma aritmética de los votos moderados y progresistas habría derrotado al candidato de derecha en varios escenarios. Lo que faltó no fue votos: faltó arquitectura de coalición.

V. La excepción mexicana y sus límites estratégicos. México se presenta hoy como la gran excepción latinoamericana: una izquierda en el gobierno, continuista, que mantiene un discurso social mientras el vecindario gira en dirección contraria. Claudia Sheinbaum lleva dos años en la presidencia con el respaldo de una estructura institucional que su predecesor construyó con paciencia de arquitecto. Morena controla 12 de las 17 entidades en juego en 2027, tiene mayoría en el Congreso Federal y acaba de maniobrar una propuesta de reforma electoral que, según analistas del Tecnológico de Monterrey, rediseñará las reglas de competencia a favor de quien ya tiene el poder.

Pero la excepción tiene límites. El primero es estructural: el crecimiento económico de México en el período sheinbaumista ha sido, según sus propios críticos, el más débil en décadas, y la incertidumbre regulatoria en energía e infraestructura continúa ahuyentando inversión extranjera directa en un momento en que el nearshoring ofrecía una ventana histórica. El segundo límite es geopolítico: la relación con Washington se ha tensado en múltiples frentes —extradiciones, cárteles, soberanía— y la presidenta ha tenido que balancear entre la cooperación y la declaración de principios, un equilibrio que desgasta políticamente en ambas direcciones.

El tercer límite es el más relevante para el estratega electoral: la narrativa de la injerencia. Sheinbaum ha construido un discurso que identifica a la oposición con la injerencia extranjera y la traición nacional, y lo ha hecho con efectividad en el corto plazo. Pero ese mismo discurso tiene un techo: cuando la presidenta acusa que "sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a México con fines electorales", está reconociendo implícitamente que existe un movimiento opositor con capacidad de articular con actores internacionales, lo que es precisamente el primer síntoma de una oposición que empieza a organizarse en serio.

El intento de aglutinar a la oposición en torno a figuras como Maru Campos, respaldada por el expresidente Vicente Fox en un evento público que este último caracterizó abiertamente como "el inicio de un movimiento político opositor que culminará en las urnas en 2027", marca el arranque formal de una disputa que, aunque asimétrica en recursos y estructura, tiene ya una dirección.

VI. La ruta para México: lo que el mapa continental enseña. Para quien diseña estrategia en el contexto michoacano y nacional, la lectura del ciclo latinoamericano ofrece cinco aprendizajes operativos de primera importancia:

Primero: el voto de castigo es la materia prima más abundante del ciclo. No se requiere una propuesta perfecta para ganar; se requiere una propuesta creíble frente a un oficialismo que ha acumulado desgaste. En México, ese desgaste existe —en la economía, en la seguridad, en la percepción de clientelismo institucional— pero la oposición aún no ha construido el recipiente narrativo para canalizarlo. Las elecciones de 2027 no se ganarán atacando a Morena: se ganarán convenciendo al electorado desencantado de que existe una alternativa funcional, no solo un anti-oficialismo.

Segundo: la seguridad es el tema estructural que atraviesa todos los triunfos de la derecha en la región. En Michoacán, donde la presencia del crimen organizado y la minería ilegal operan como variables determinantes del clima político-electoral, quien logre articular un mensaje de seguridad creíble —no demagógico, sino con propuesta institucional específica— tendrá una ventaja comparativa decisiva. El modelo Kast, el modelo Noboa, el modelo De la Espriella tienen en común la centralidad de la seguridad como eje articulador del contrato social con el votante. México 2027 no será diferente.

Tercero: el outsider funciona cuando el sistema de partidos está desprestigiado. En México, el PAN, el PRI y el sistema MC han acumulado déficits de credibilidad que los convierten en lastre para cualquier candidatura que los abrace sin distancia crítica. La oposición que gane en 2027 será aquella que use las estructuras partidarias sin dejarse devorar por ellas, que mantenga el discurso de renovación sin romper la viabilidad coalicional.

Cuarto: la coalición aritmética no basta; se necesita coalición narrativa. Los procesos donde la izquierda perdió en la región tienen en común la incapacidad de construir un relato compartido entre fuerzas diversas. México 2027, donde Morena enfrentará el doble reto de defender gubernaturas y sostener su bancada federal, exige a los opositores no solo sumar votos sino construir una identidad de conjunto que el electorado moderado pueda reconocer como alternativa, no como caos.

Quinto: el factor Trump es una variable de doble filo para México. A diferencia de Colombia o Chile, donde la vinculación con Washington podía ser un activo para la derecha, en México la soberanía nacional es un valor transversal que no distingue ideologías. Cualquier candidato opositor que sea percibido como "el candidato de Trump" o "el candidato de Washington" activará el mismo anticuerpo que activó Petro contra De la Espriella —y que no fue suficiente para salvarlo— pero que en México, con su historia específica de relación con Estados Unidos, tiene una potencia emocional mucho mayor. La oposición mexicana deberá ser pro-mercado y pro-soberanía simultáneamente, una combinación discursivamente compleja pero políticamente necesaria.

VII. El escenario Michoacán: laboratorio del ciclo 2027. Michoacán no es solo un estado: es el barómetro más sensible del ciclo político mexicano. Con una geografía política marcada por la presencia territorial del crimen organizado, la disputa histórica entre el cardenismo y sus sucesores, el surgimiento de Morena como fuerza hegemónica y una oposición que aún busca su articulación, la entidad concentra en pequeña escala todas las tensiones que definirán el escenario nacional de 2027.

El proceso de selección interna de Morena para las candidaturas michoacanas está en marcha, con aspirantes que se mueven entre la lealtad institucional al gobierno estatal y las facciones nacionales. La intervención del INE en la vida del IEM —la remoción de consejeros electorales— ha reconfigurado el escenario de condiciones de competencia. Y la construcción de coaliciones opositoras, particularmente la arquitectura PRIUM que busca articular al PRI con el PAN desde una base programática de centroderecha, es hoy la variable más relevante de la geometría política michoacana para el próximo ciclo.

Lo que el mapa continental enseña para Michoacán es específico: la coalición opositora que no construya un discurso de seguridad, fiscalización de la minería ilegal y transparencia presupuestal como eje sustantivo —no decorativo— de su plataforma, no tendrá las condiciones narrativas para competir con un oficialismo que ya aprendió a hablar el idioma de la transformación aunque la realidad cotidiana contradiga el relato. El diagnóstico regional es la brújula local.

Conclusión: ni ola ni ilusión, sino inteligencia de terreno. Colombia no inauguró una ola: confirmó un patrón. Un patrón que tiene causas identificables, límites claros y, sobre todo, lecciones transferibles. El péndulo latinoamericano se mueve hoy hacia posiciones de centroderecha y derecha moderada no porque el continente haya cambiado sus valores estructurales, sino porque el ciudadano latinoamericano vota con el estómago, con el miedo y con la impaciencia. Esos tres reactivos están disponibles en todos los países, incluyendo México.

La pregunta no es si la tendencia llegará a México. La pregunta es si la oposición mexicana tendrá la inteligencia estratégica para aprovecharla —construyendo coalición, discurso y candidatura a tiempo— o si la desperdiciará en disputas de aparato mientras Morena consolida las reglas del juego a su favor. Esa es la pregunta que define el ciclo 2027. Y para responderla, lo primero que se necesita es exactamente esto: leer el terreno antes de moverse.

El Coronel no improvisa. Analiza, posiciona y provee los materiales de guerra que otros necesitan para librar la batalla. Este análisis es uno de esos materiales. En EME Gabinete Estratégico acompañamos a gobiernos, candidaturas y coaliciones a leer el terreno antes de moverse. Si necesita traducir este análisis a su escenario, agende un diagnóstico estratégico bajo confidencialidad estricta.

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